Sunday, September 24, 2006

La piel: Confesiones de una virgen


Foto por Hugo Glendinning
Es el corazón una cosa extraña al que todos le atribuyen grandes cosas como que en él se sienten todas las emociones. Yo digo que no, que las emociones se sienten detrás de las orejas, los senos, el cuello, la panza, los pies, la entrepierna...las emociones se sienten en la piel.
Mi piel, ¡tanto tiempo virgen!, tanto tiempo acariciada por fantasmas que tenían nombre pero no rostro. El fue el primero. Como en fuerte reacción no sé si asociada a la física o a la química mi piel, esa que fue virgen por tanto tiempo parecía como prisionera de una larga condena y reaccionó, quería despegarse de mi cuerpo y dejar al aire libre el corazón...
No la dejé, la controlé pero en ese instante mi vida cambió. Y tengo que decir que sólo fue un roce en mi mejilla izquierda, un segundo, un instante. Pero cuántos segundos busqué en los días que siguieron al incidente de la mejilla. Un apretón de manos, miles de apretones de mano, sólo para sentir la áspera piel de sus manos que increíblemente cuando tocaban la suavidad de las mías se volvían seda. Su piel, tostada, rústica, era todo para mí. Anhelaba tocarla, olerla, probarla. Anhelaba descubrir cuál sería el olor de la mía cuando las dos se juntaran.
Algunas veces él aparecía con esas camisas que parecen sacadas de monasterio y oh, cuánto extrañaba ver su piel. Era en la actividades deportivas cuando mientras lo observaba, sentía que mi piel, que en ese momento se quemaba, se me escapaba del cuerpo para mojarse en su sudor. Cuán delicioso perfume debía emanar en ese instante. Es extraño eso de los olores ya que es como el arte, cuestión de gustos. Puedo olvidar rostros, palabras, pero jamás un olor, una fragancia (si a alguno le agrada más esta palabra).
Bueno, confieso que hasta me volví deportista por compartir con él en la cancha, por sentir esa piel sudorosa. Aún conservo una toalla en la que un día secó su sudor.
No soy conformista y nunca lo seré así que ya era suficiente de apretones de mano y ya mi cuerpo no resistía otro partido así que estaba lista para el próximo paso. Estaba resuelta a sentir esa piel, a olerla por completo, era mi meta. Y tenía puntos específicos: el cuello, es allí donde los olores se concentran en mejor manera y la piel es más sensible; la entrepierna...me iba a costar más trabajo llegar allí pero no podía apartar de mi propósito esa parte en donde la piel adquiere un olor único, indescriptible, provocativo.
Ya para ese entonces, aunque lo descubrí unos años más tarde, él también había ganado curiosidad por esta piel blanca, virgen y que alberga este cuerpo enjuto. Así que interpretando esas miradas me atreví. Permití que los pensamientos pasaran la frontera de mis labios y decidí dar contestación a su pregunta diaria: "¿Por qué estás siempre tan seria?" -"Porque no tengo razones para sonreír". Y eso fue todo. Había acertado. Si hubiera sabido los resultados de esa contestación la hubiera dado antes. Dicen que la curiosidad mató al gato y yo acababa de darle una estocada mortal.


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